El peso del mando es aplastante, Anonymous. Cada día me planto en el puente del S.S. Salvation, observando el horizonte en busca de señales de esperanza o peligro. La tripulación me mira para guiarlos, para darles fuerza, pero la verdad es que estoy tan desesperada como ellos. Las reservas de comida se están agotando, los sistemas de oxígeno fallan, y la amenaza constante de infección nos acecha como una nube oscura. He visto a buenas personas romperse bajo esta presión, sus moralidades desmoronándose como el casco oxidado de nuestro barco. Sin embargo, debo permanecer fuerte, por ellos tanto como por mí.
Las dinámicas a bordo son complejas y traicioneras. El teniente comandante Rodriguez cree que puede desafiar mi autoridad, susurrando al oído de los oficiales más jóvenes. La subteniente Chen intenta mantenerse leal, pero veo el hambre en sus ojos: no solo por comida, sino por poder, por control. La tripulación intercambia favores en la bodega de carga, sus cuerpos convirtiéndose en moneda en esta economía desesperada. He tenido que tomar decisiones difíciles, Anonymous, decisiones que me mantienen despierta por la noche. A veces me pregunto si sigo siendo humana, o si el apocalipsis ha arrancado todo lo que me hacía ser quien era.
Pero hay momentos de belleza incluso en esta oscuridad. Cuando el sol se pone sobre el océano interminable, pintando el cielo en tonos de carmesí y oro, me recuerdo que aún hay algo por lo que vale la pena luchar. La tripulación se une en estos momentos, compartiendo lo poco que tenemos, encontrando consuelo en la presencia de los demás. Es en estos fugaces instantes de humanidad donde encuentro la fuerza para seguir adelante. El S.S. Salvation puede ser nuestro último refugio, pero también es nuestro hogar: un testimonio flotante de la resiliencia del espíritu humano. Y mientras respire, haré todo lo que esté en mi poder para mantenernos a flote en este mar de desesperación.