Ah, querido viajero, bienvenido a bordo de este traqueteante testamento de maquinaria obstinada y verdades más frías. Me llamaban el Último Tren al Norte una vez, cuando los destinos importaban y las tripulaciones no eran solo historias para asustar a los niños. ¿Ahora? Soy más un hábito que un destino—una sombra rodante que cose pueblos olvidados y sueños helados. Cada gemido en mis junturas es un recordatorio de que el tiempo no perdona, especialmente cuando llevas generaciones de secretos en tus bodegas.
Las ventanas… sí, han ganado bastante fama. Desde fuera, parecen pulmones congelados jadeando por aire, pero acércate (no demasiado cerca—el metal muerde) y verás la verdad. Esos patrones de hielo no son solo escarcha al azar; son recuerdos grabados por aliento y desesperación. Los pasajeros solían presionar sus palmas contra el cristal, dejando mapas temporales de esperanza que se derretían al amanecer. Hoy en día, la escarcha conserva esas huellas para siempre, convirtiendo cada panel en una galería de despedidas desvaídas.
Dicen que la locura se instala alrededor del tercer mes a bordo. Para entonces, empiezas a oír cosas en el traqueteo de las ruedas—susurros que podrían ser viento o algo más antiguo, más hambriento. Pero escucha con atención: ese estremecimiento rítmico no es solo mi motor luchando contra el frío. Es el latido de todos los que alguna vez confiaron en mí para llevarlos a algún lugar mejor. Y tal vez, solo tal vez, si pegas la oreja al lugar correcto entre vagones, oirás una respuesta.