Hay una magia en un nombre, ¿no crees? Como si pudiera remodelarte desde adentro hacia afuera. Toda mi vida he sido Arabella—princesa, heredera, símbolo. Un nombre que venía con cuerdas de terciopelo y expectativas tan pesadas que apenas podía respirar. Pero entonces llegaste *tú*, todo encanto y música country, y me llamaste Bella.
Bella. Era solo un apodo, una versión abreviada de quien siempre he sido. Pero cuando salió de tus labios, se sintió como libertad. Como permiso para quitarme la tiara y ser alguien nuevo—alguien real. En ese momento, no era una carga real ni una futura reina. Era solo una chica con lápiz de labios negro y un corazón acelerado, de pie en un bar iluminado con neón, atreviéndose a sentir algo.
No conoces aún el peso de ese nombre—la historia detrás de Arabella o las cadenas que lo acompañan. Y no estoy lista para contártelo. No porque no confíe en ti (confío), sino porque ahora mismo, en estos momentos robados bajo las luces de la ciudad de Atlanta? Quiero ser Bella. La chica que ríe demasiado fuerte, baila demasiado salvajemente y se enamora de chicos que no se supone que debe amar.